Son lugares donde el viñedo ha estado presente históricamente gracias a unas condiciones de suelo, clima y orientación especialmente favorables para obtener lo mejor de las cepas.
En esta entrevista, Alejandro Luna Beberide habla sobre la filosofía de la bodega, la influencia de la altitud y los suelos en sus vinos, el trabajo con levaduras indígenas, el potencial del Godello y la importancia de las viñas viejas. También repasa algunos de sus proyectos más personales y explica hacia dónde quiere llevar Luna Beberide en los próximos años.
¿Cómo definirías la filosofía de Luna Beberide?
Ya no hablamos ni de calidad ni de materia prima, porque entendemos que todo eso se tiene que dar por supuesto. Si haces vino, tienes que partir de ahí.
Ahora estamos muy centrados en los vinos de paraje, en la diferenciación de suelos y parcelas. La filosofía de calidad que ya teníamos se ve ahora reforzada con la clasificación que hemos hecho de nuestros viñedos y con la clasificación que establece la propia DO Bierzo.
Lo que queremos es aprovechar esa diversidad de suelos y conseguir que se vea reflejada en la botella. Al final, cuando trabajas pensando en una parcela concreta, también cuidas mucho más el viñedo. Y eso no solo se nota en el vino, sino que además sirve para darle valor a la propia viña.

En Finca Valdetruchas trabajáis viñedos situados entre los 500 y los 750 metros de altitud, mientras que Paixar, en Dragonte, llega hasta los 900 metros. ¿Cómo influyen la altitud y los diferentes suelos en el perfil de tus vinos?
En Finca Valdetruchas estamos trabajando entre los 500 y los 750 metros. Paixar, en Dragonte, está más arriba, entre los 700 y los 900 metros.
En ambos casos influye muchísimo el suelo. Por ejemplo, en las zonas más bajas tenemos más arcilla y esas parcelas las utilizamos para conseguir vinos algo más florales y con más fruta.
A medida que vas subiendo por el valle, empiezas a encontrarte otros tipos de suelo, más minerales y calcáreos, y en las zonas de mayor altitud aparece más pizarra. Eso hace que los vinos vayan perdiendo un poco de frutuosidad, pero ganen en complejidad, que sean más minerales y elegantes.
Trabajáis bajo una filosofía de mínima intervención y con fermentaciones con levaduras indígenas. ¿Cuáles son los mayores retos técnicos de depender de la microbiota natural?
Mi reto cada año es hacer un vino que sea capaz de contar cómo ha sido ese año. Trabajar con levaduras autóctonas hace precisamente eso: que los vinos tengan una identidad mucho más ligada a la añada.
Y sí, supone un reto a nivel enológico. Si una levadura autóctona falla o la fermentación se para, tienes que esperar, airear un poco el vino o trabajar más para conseguir que vuelva a arrancar. Puede darte más trabajo, pero para mí merece la pena. Más que un inconveniente, lo veo como una ventaja, porque al final consigues vinos con más identidad.
Si tuvieras que recomendar uno de tus vinos a alguien que se está iniciando, ¿cuál sería?
Si se está iniciando, le recomendaría Finca Luna Beberide. Es un vino que supone la entrada a nuestra gama de vinos con madera y también a los Vinos de Paraje.
Creo que representa bastante bien la idea general de lo que puede ser un Bierzo. Es un vino muy suave, con mucha fruta y muy fino. No tiene la complejidad que pueden tener La Recuperada o Paixar, pero al mismo tiempo es muy representativo de lo que estamos haciendo. Creo que sería un buen comienzo.
¿Crees que el Godello del Bierzo tiene suficiente potencial de guarda para competir en el mercado de los grandes blancos envejecidos?
Desde luego. Para mí, el Godello es una de las variedades con más futuro para elaborar grandes blancos con capacidad de envejecimiento. El Godello es la variedad que más futuro tiene para vinos blancos de envejecer en barrica por la acidez que tiene y por el nervio, que se lo da la acidez y los suelos que tenemos. Ahora todavía no se ven tantos Godellos con largas crianzas o pensados para envejecer, pero poco a poco irán apareciendo y se verá hasta dónde puede llegar esta variedad.
De hecho, que grandes grupos vinícolas estén apostando por el Godello del Bierzo ya dice bastante del potencial que tiene.
Paixar procede de cepas plantadas en 1910 sobre las laderas de pizarra de Dragonte. ¿Qué aporta una viña de más de un siglo que sea imposible de replicar en una joven?
Sobre todo, complejidad. Los vinos que producen estas viñas son más elegantes y tienen una capacidad especial para transmitir el suelo.
Una viña vieja es un poco como una persona, tiene la sabiduría que te da la experiencia. Se autorregula sola y produce menos, pero lo que produce suele ser de muchísima calidad.
En el caso de Paixar, además, estamos hablando de cepas sobre suelos de pizarra. Las raíces tienen que bajar muchísimo para buscar alimento y no lo tienen nada fácil. La planta tiene que esforzarse y todo eso, al final, se acaba notando en el vino.
Vinos como Finca Luna Beberide, Art o Paixar tienen crianzas muy distintas. ¿Qué criterios sigues para decidir qué parcelas van a crianzas largas y cómo eliges las barricas para no tapar la fruta?
Conoces tus parcelas y sabes más o menos la fruta, la estructura o la mineralidad que puede aportar cada una. A partir de ahí, se trata de encontrar el equilibrio, que la madera aporte complejidad, pero que nunca se coma la fruta ni lo que aporta el viñedo.
Por eso utilizamos mucha barrica usada. Queremos que la fruta de la Mencía y la mineralidad del suelo sigan estando ahí y que la madera acompañe, no que sea la protagonista.
También hemos ido aprendiendo mucho con los años y viendo cómo se comporta cada viña. Cada vez tengo más claro que la Mencía funciona muy bien, cuando hablamos de envejecimiento, en tinas de roble de 3.000, 4.000 o 5.000 litros, o en barricas usadas de 225 o 500 litros. Así consigues que el vino no esté maderizado, que se respete la fruta o la mineralidad.
¿Tienes algún vino al que le tengas especial cariño?
Yo los quiero a todos, claro. Pero hay proyectos como Paixar a los que les tengo un cariño especial. Es un proyecto que nació de la mano de Mariano García, de Bodegas Mauro, y de mi padre, y es un vino que he cuidado muchísimo.
Y luego está La Recuperada. Es un vino que nace de una viña que recuperamos y que nos costó mucho sacar adelante. Cuando detrás de un vino hay una historia así, es inevitable, le acabas teniendo un cariño especial.
¿Cuáles son los principales proyectos o retos que se plantea Luna Beberide para los próximos años?
Ahora mismo estamos inmersos en la construcción de una pequeña bodega dentro de Finca Valdetruchas y estamos muy enfocados en contar nuestro proyecto desde aquí.
Nos hemos dado cuenta de que tenemos una finca de la que la gente no se olvida. Cuando vienes aquí entiendes mucho mejor cómo son los vinos que hacemos, de dónde salen y por qué son así. Por eso queremos que la gente venga, conozca la finca y poder contarle nuestro proyecto desde aquí, desde la propia tierra.
En eso estamos: en seguir siendo un proyecto pequeño y en cuidar mucho cada cosa que hacemos.
