Su cocina es un rompecabezas que une África del Norte con Sicilia, pasa por Constantinopla, recoge influencias de caballeros europeos y acaba con detalles británicos que aún hoy se asoman en los menús.
El archipiélago maltés ha sido un punto de encuentro durante milenios. Los primeros pobladores llegaron desde Sicilia en barcas de madera que debían luchar contra corrientes irregulares. Después vinieron fenicios, griegos, romanos, árabes, normandos, caballeros, franceses y británicos. Cada uno dejó algo. A veces fueron muros, otras palabras, y muy a menudo recetas.
Esta es la historia de Malta en siete platos es un recorrido por sabores que muestran cómo estas islas se fueron transformando con cada civilización que pasó por ellas.
1. Pastizzi: el sabor que nunca duerme
El relato gastronómico maltés suele empezar con los pastizzi. Hay razones de sobra. Este bocado de masa crujiente, relleno de ricotta o puré de guisantes especiado, es el alimento más democrático del país. Lo comen estudiantes, jubilados, oficinistas, albañiles, pescadores al amanecer y jóvenes camino a casa después de una fiesta.
Sus raíces se remontan al periodo en el que las comunidades árabes moldearon la cultura local. No solo introdujeron nuevas palabras y técnicas agrícolas, sino también una forma distinta de trabajar la masa y el uso de especias suaves que aún hoy definen varios platos malteses. La influencia del sur de Italia terminó de dar forma al pastizz moderno.
El resultado es una mezcla improbable que funciona como reloj. Una masa casi hojaldrada, aceite generoso, rellenos simples y una tradición de venderlos calientes durante casi todo el día. En Malta hay una frase que resume su éxito: “se venden como pastizzi”. No hay mejor indicador de algo que desaparece tan rápido como se prepara.
Detrás de este pequeño bocado hay una parte importante de la identidad maltesa: la adaptación constante. Tomar algo prestado, mezclarlo, ajustarlo y convertirlo en propio.

2. Lampuki: el Mediterráneo dentro de un barco
Si hay un plato que conecta a Malta con el mar que la rodea, es el lampuki, un pescado que aparece con el final del verano y marca una temporada entera. Desde hace siglos, los pescadores malteses usan un método particular para atraparlo. Tejen hojas de palmera y las convierten en balsas improvisadas que tiran mar adentro. Cuando el sol golpea fuerte, los peces buscan sombra bajo estas plataformas. Ese es el momento.
Este sistema, que ha pasado de padres a hijos, tiene un aire antiguo porque lo es. Se formó en tiempos en los que las islas eran un punto clave de comercio fenicio. Los barcos cargados de tintes, telas y cerámica también llevaban técnicas de pesca que fueron arraigando en las comunidades del puerto.
El lampuki se cocina de mil maneras, pero la más clásica combina tomate, alcaparras y pimientos verdes. Otra versión popular lo convierte en un pastel salado con espinacas, aceitunas y hierbas locales. En cualquiera de sus formas, el plato habla del equilibrio entre lo que daba la tierra y lo que traía el mar, un equilibrio que ha sostenido a los malteses en épocas de abundancia y de escasez.
3. Stuffat tal-Fenek: rebeldía a fuego lento
La historia de Malta no puede contarse sin un período que cambió para siempre su arquitectura, su política y también su cocina: la llegada de la Orden de San Juan en el siglo XVI. Los caballeros, guerreros y nobles, gobernaron durante más de dos siglos. Construyeron fortalezas casi impenetrables, impulsaron el comercio y regularon la vida cotidiana con disciplina férrea.
En ese contexto aparece el plato más emblemático del país: stuffat tal-fenek, un estofado de conejo cocinado con vino, hierbas y tomate. El conejo no era originario de las islas. Fue introducido por comerciantes que buscaban mantener una fuente segura de carne. Con el tiempo proliferó, pero su caza fue restringida por los caballeros, preocupados por la sobreexplotación.
La prohibición tuvo un efecto inesperado: convirtió al conejo en un símbolo de resistencia cultural. Comerlo era una pequeña afrenta al poder establecido. Así, lo que empezó como necesidad se volvió tradición, y hoy el estofado es el plato que más se asocia a las reuniones familiares, las fiestas rurales y los restaurantes que mantienen vivas las recetas antiguas.
El estofado se cocina a fuego lento durante horas. Cada familia ajusta los tiempos, las especias y la cantidad de vino, y todos aseguran que su versión es la mejor. Quizá lo sea, pero lo importante es el trasfondo: un plato nacido de las tensiones entre autoridad y costumbre, convertido en símbolo de identidad.
4. Kwarezimal: dulces que cuentan una fe antigua
La influencia cristiana en Malta es profunda y visible en iglesias, procesiones y fiestas patronales. Muchas celebraciones están marcadas por la comida, pero una de las más singulares aparece durante la Cuaresma: los kwarezimal.
Son galletas densas hechas con almendras, miel y especias. No llevan mantequilla ni huevos porque se preparaban en tiempos de ayuno. Aunque ahora se sirven como un dulce más, su origen recuerda la mezcla entre devoción y creatividad culinaria. Malta, una isla pequeña con recursos limitados, tenía que adaptarse incluso en las restricciones religiosas. De ahí este postre que logra mucho con poco.
La almendra llegó a las islas de la mano de comerciantes árabes. Las técnicas de repostería con miel también. El molde cristiano terminó de definir el dulce tal como se come hoy. Su historia es un recordatorio de cómo cada capa cultural dejó una marca duradera.

5. Ħobż tal-Malti: el pan que sostiene todo
Para entender Malta hay que entender su pan. Ħobż tal-Malti no es solo un acompañamiento. Es un emblema. Un pan redondo de masa madre, corteza firme y miga que aguanta salsas, aceite y todo lo que uno quiera poner dentro.
Durante siglos, el pan fue un barómetro del bienestar del archipiélago. Cuando llegaban barcos cargados de trigo desde Sicilia, había tranquilidad. Cuando el mar estaba inquieto o las amenazas militares bloqueaban las rutas comerciales, el miedo a la escasez crecía rápido.
Al mismo tiempo, los malteses perfeccionaron su propio método de fermentación lenta. El resultado es un pan con aroma intenso y textura ideal para absorber aceite de oliva, tomate fresco machacado y algún ingrediente salado como atún o aceitunas. Ese bocadillo sencillo es uno de los almuerzos más populares del país.
El pan maltés es una síntesis: mediterráneo, rústico, práctico y hecho para compartir. Su historia está conectada con graneros subterráneos, flotas comerciales y horneadas comunitarias que reunían a familias enteras.
6. Soppa tal-Armla: sobrevivir con dignidad
Antes de la modernidad, Malta vivía de lo que podía cultivar. Sus inviernos húmedos y veranos intensos marcaban qué había disponible y cuándo. La carne se reservaba para ocasiones especiales. El día a día se sostenía con verduras, legumbres y queso fresco de oveja o cabra.
De esa lógica surge soppa tal-armla, la “sopa de la viuda”. El nombre viene de una práctica medieval: cuando una mujer perdía a su marido, la comunidad le ofrecía productos básicos para que pudiera preparar un plato nutritivo. La sopa se volvió símbolo de solidaridad en tiempos difíciles.
Hoy se prepara con coliflor, zanahorias, patatas, habas, huevo y un queso local llamado ġbejna, que se derrite en el caldo caliente. Es un plato sencillo, casi humilde, pero perfecto para entender cómo los malteses hicieron magia con ingredientes modestos. Representa un pasado en el que la supervivencia dependía tanto del clima como de la generosidad vecinal.

7. Figolli: tradición que renace cada primavera
Llegamos a la última parada del viaje: los figolli, dulces típicos de Pascua. Son galletas rellenas de almendra triturada y cubiertas con glaseado colorido. Lo más distintivo son sus formas: conejos, peces, corazones o figuras humanas.
Aunque hoy se asocian a la Pascua cristiana, su origen se pierde en rituales mucho más antiguos. Antes de que los romanos y los caballeros transformaran la vida religiosa de las islas, Malta era hogar de templos megalíticos dedicados a divinidades vinculadas a la fertilidad. Muchas celebraciones incluían figuras simbólicas y ofrendas de miel. Con el paso del tiempo, esas prácticas se mezclaron con las tradiciones europeas y dieron lugar a la versión moderna de los figolli.
En la Malta actual, estos dulces se preparan en familia. Niños y adultos participan en el amasado, el relleno y la decoración. Como ocurre con las mejores tradiciones, el proceso importa tanto como el resultado.
Malta no es solo un cruce de caminos. Es un lugar donde las historias nunca desaparecen del todo. Se transforman. Cambian de forma.
