Eso fue lo que sentí en la cata solidaria organizada por la Fundación Amigos de Monkole, celebrada en el Hotel AC Avenida de América, en Madrid. Una tarde en la que el vino, además de disfrutarse, tenía un propósito muy claro: ayudar a que otras personas puedan acceder a algo tan básico como la atención sanitaria.
Una tarde de vino con un objetivo claro
Cuando llegué al salón del hotel, el ambiente era cercano y relajado. Había aficionados al vino, profesionales del sector y muchas personas que simplemente querían aportar su granito de arena a una buena causa.
No se trataba solo de degustar vinos interesantes. Cada copa formaba parte de una iniciativa solidaria destinada a apoyar el trabajo del Hospital Monkole, en Kinshasa, a través de la Fundación Amigos de Monkole.
Antes de empezar la cata, se explicó brevemente la labor de la fundación.
La Fundación Amigos de Monkole es una organización relativamente joven, pero con un objetivo muy claro: facilitar el acceso a la salud, la educación y oportunidades dignas a personas en situación vulnerable, especialmente mujeres y niños. Su trabajo comenzó colaborando con el Hospital Monkole, situado en Mont-Ngafula, una zona semiurbana al suroeste de Kinshasa, en la República Democrática del Congo.
Para entender la importancia de este proyecto hay que mirar el contexto.
Kinshasa es una megaciudad de unos 20 millones de habitantes, y el hospital se encuentra en una zona con aproximadamente 500.000 personas y recursos muy limitados. En la República Democrática del Congo viven cerca de 100 millones de personas, y el país ocupa uno de los últimos puestos del Índice de Desarrollo Humano.
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Además, allí no existe un sistema de seguridad social como el que conocemos en Europa. Esto significa que cada paciente debe pagar su tratamiento médico. Si una persona no puede hacerlo, simplemente no recibe atención. Salvo en Monkole.
Un hospital diferente
El Hospital Monkole nació con la idea de ofrecer atención sanitaria de calidad accesible para todos, independientemente de la situación económica del paciente.
Esto implica asumir un reto enorme. Actualmente, casi la mitad de los pacientes que llegan al hospital (alrededor del 48%) no tienen recursos suficientes para pagar su hospitalización. Aun así, el hospital intenta atenderlos.

Monkole fue además el primer hospital del país que comenzó a proporcionar comida, sábanas y toallas a los pacientes, algo que antes dependía completamente de las familias. En un entorno donde las infraestructuras básicas no siempre están garantizadas, el hospital también tuvo que resolver problemas fundamentales como el acceso al agua potable o a la electricidad. En 1997 se construyó un pozo y se instalaron generadores eléctricos para poder mantener el funcionamiento del centro.
A esto se suma la creación del Instituto Superior de Enfermería (ISSI), impulsado para formar personal sanitario cualificado y mejorar la atención médica en la zona.
Todo este esfuerzo necesita recursos, y ahí es donde entra el trabajo de la fundación.
El papel de Amigos de Monkole
La misión de la fundación es buscar apoyo económico para cubrir los costes hospitalarios de personas que no pueden permitirse pagar su tratamiento. Pero su trabajo va más allá. Su enfoque se basa en una visión integral que promueve: el acceso a la salud, la educación, el trabajo digno y la cultura.
Todo ello desde una perspectiva centrada en la dignidad humana y el desarrollo sostenible.
Los valores que guían su actividad son claros: integridad, transparencia, respeto por las personas, colaboración con las comunidades locales y búsqueda constante de excelencia en sus proyectos. Escuchar esta explicación antes de empezar la cata cambió la forma en que muchos de nosotros vivimos la experiencia.
Los vinos que catamos
Tras la introducción llegó el momento más esperado de la tarde: la cata. La selección de vinos estaba muy bien pensada y nos permitió recorrer distintos estilos y proyectos dentro del panorama vinícola actual.
Empezamos con Viña Magna, de Dominio Basconcillos, un tinto de la Ribera del Duero que desde la primera copa mostró un perfil elegante y bien estructurado. Un vino equilibrado, con buena presencia de fruta y una madera bien integrada que invitaba a seguir explorando la cata.
Catamos también Allegranza, un Monastrell de Alicante de Hammeken, una bodega conocida por trabajar con distintas denominaciones y estilos. Su propuesta aportó un contraste interesante dentro de la cata, con un perfil muy expresivo y fácil de disfrutar.
Uno de los vinos que más conversación generó fue Montehigueras, de Alberto Calleja. Se trata de un proyecto muy personal que refleja bastante bien la filosofía de su autor. Es un vino con carácter, de esos que invitan a detenerse un momento más en la copa para descubrir sus matices. Durante la cata surgieron varias preguntas sobre su origen, su elaboración y el estilo que busca transmitir, y ese intercambio de impresiones es precisamente lo que hace que una cata resulte tan enriquecedora.
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La cata finalizó con Trilo Vites, de Pago de la Boticaria, un vino muy interesante desde el punto de vista de su elaboración. Está fermentado de forma espontánea, utilizando únicamente las levaduras presentes de manera natural en las propias uvas, sin añadir levaduras externas. Después pasa 16 meses en barricas de roble húngaro y americano, seguidos de dos meses de reposo en botella. Durante todo el proceso se interviene lo mínimo posible: no se modifica la fermentación maloláctica ni la crianza. El resultado es un vino con mucha personalidad, donde aparecen aromas de fruta madura, notas terrosas y ese carácter particular que aportan los suelos pizarrosos y extremos de los que procede. Además tuvimos la suerte de catarlo de la mano de su elaboradora, que estuvo también en la cata explicandonos el proyecto.

Catas como esta tienen algo especial: a veces descubres vinos o proyectos que no conocías y que, de repente, pasan a formar parte de tu lista de referencias a seguir en el futuro.
En esta cata, cada botella contribuía a algo muy concreto: apoyar la labor del Hospital Monkole y ayudar a financiar tratamientos médicos para personas que no podrían pagarlos por sí mismas.
A veces hablamos del vino en términos de prestigio, precio o exclusividad. Pero momentos como este recuerdan que también puede ser un vehículo de solidaridad.
El valor de las iniciativas solidarias
Las organizaciones como Amigos de Monkole dependen en gran parte de iniciativas de este tipo. Eventos culturales, actividades solidarias o encuentros gastronómicos permiten recaudar fondos y, al mismo tiempo, dar visibilidad a realidades que muchas veces quedan lejos de nuestro día a día.
Escuchar historias del hospital, conocer cómo funciona y entender las dificultades a las que se enfrentan ayuda a poner muchas cosas en perspectiva.
Algo tan cotidiano para nosotros como una consulta médica puede ser un lujo inalcanzable en otras partes del mundo.
Una experiencia que merece repetirse
Personalmente, me fui con la impresión de que este tipo de iniciativas merecen mucho más reconocimiento. El vino tiene una dimensión cultural enorme, pero cuando además se utiliza para apoyar proyectos que mejoran la vida de otras personas, su valor se multiplica. Al final, la cata solidaria de Amigos de Monkole fue mucho más que una degustación.
Fue un recordatorio de que pequeños gestos colectivos pueden generar grandes cambios. Un brindis entre amigos, una copa compartida, una entrada a una cata… pueden contribuir a que un hospital pueda seguir atendiendo pacientes, a que una mujer reciba atención médica durante su embarazo o a que un niño tenga acceso a tratamiento.
Sin duda, una experiencia que repetiré. Porque pocas cosas son tan satisfactorias como disfrutar del vino sabiendo que, al mismo tiempo, estás ayudando a alguien que realmente lo necesita.
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